sábado, 1 de agosto de 2009

¿Para qué sirve la poesía? según La moro

¿PARA QUÉ SIRVE LA POESÍA?



Primer Paso: plasmo de inmediato las ideas que vienen a mi mente luego de leer la pregunta, en el orden en el que van apareciendo y sin hacer trampas de retoques discursivos:

- ¿Por qué debería servir la poesía, o la literatura en general, para algo?

- ¿Qué significa “servir”?

- “Literatura: ocupación de los ociosos”, dijo Flaubert

- ¿Y si en realidad la necesidad de que la poesía “sirva” tiene que ver con determinadas coordenadas espaciotemporales, y no con una cuestión intrínseca u ontológica?

- Neruda y Huidobro. Antes, Darío y Martí. Ni hablemos de los franceses. Florida y Boedo, Borges y Tuñón... ¿Qué significa “servir”?

- La poesía y el compromiso social... ¿La poesía vuelve justas las injusticias sociales? ¿Lo hace la literatura? ¿Lo hace, quizás, una política de estado? ¿Y una revolución? Ah, ¿ni los estados ni las revoluciones lo hicieron nunca? ¿Y entonces por qué tendría que hacerlo la poesía?

- Si leo una poesía y luego siento bienestar porque me gusta, porque “es linda”, ¿entonces sirvió?

¡Uf! ¡Basta!



Segundo paso: Reflexiono un poco más tranquila, pero sin demasiado método:

Alguien podría proponer: “definamos primero qué es una poesía, y luego decidamos su utilidad o no”. Y si así fuera, entonces me levanto, tomo mi saco y me voy a comprar un agua mineral y unos cuantos caramelos de menta, me voy a la plaza y fumo mientras veo volar a los pajaritos a contramano del viento y de la escarcha incesantes.

Podríamos pasarnos horas en un debate como éste, y eso sería muy interesante... a menos que alguien realmente se creyera poseedor de “la” verdad e intentara, más que convencer, aniquilar la propuesta de sus oponentes.

Si tuviera que esbozar una respuesta hoy, sábado por la mañana, sin material específico a mano que acuda en mi ayuda, diría que la poesía y su potencial utilidad se me figuran como una porción de arcilla en estado bruto.

-¿Qué hacés con la arcilla, moro?

-Un vaso, un jarrón, un plato, un adorno.

-¿Y esas cosas, sirven?

-Depende.

-¿Depende de qué?

-No es “de qué” lo importante, sino “de quién”. Depende de quien reciba ese producto moldeado, cuándo y dónde. El creador puede otorgar a su producto el valor y la función que quiera, pero convengamos que es la segunda instancia, la de la recepción, la que finalmente “decide”.

Esto, por supuesto, podría ser sumamente desalentador para los poetas. A menos que cuente con la dicha de encontrarse con un grupo de lectores que gusten de su poesía y sean capaces de generar un diálogo permanente entre productor y receptor en el que el objeto artístico sea el principal referente. Ese grupo, siempre más reducido que el público masivo, puede tener por lo mismo el signo de lo positivo o de lo negativo tanto para el poeta como para la masa... quizás la desventaja numérica pueda percibirse como invalidante para la apreciación. O quizás todo lo contrario: al menos desde que tenemos noticias, sabemos que en todas las culturas existieron grupos “iluminados” y reconocidos socialmente, y los juicios estéticos (o políticos, o lo que fuera) manados de ellos fueron reconocidos como “los válidos”, en oposición a los juicios del vulgo no especializado (por llamarlo de alguna manera, no? sabemos que intervenían otras cuestiones, a veces, bastante alejadas de una supuesta especialización).

Ahora bien, en este presente nuestro en donde absolutamente todo se vuelve relativo y en el que no es muy difícil endiosar a falsos ídolos, nadie puede decidir rotundamente el valor de una obra literaria. Todo está sujeto a escepticismos o, en el mejor de los casos, a debate.

Elpidio Isla sostenía en Trópico Frío que en definitiva es el tiempo el que valida o no a una producción literaria como legítima (hablaba específicamente de la conformación de un corpus literario patagónico, en el caso de que pudiera confeccionarse). Y sí, es una posibilidad. Susana Zanetti postula este criterio para decidir “qué es un clásico”: aquella obra que resiste el paso del tiempo y por lo mismo genera nuevas lecturas que actualizan su significado.

Una posibilidad, digo, porque mientras aquello pueda suceder, me niego a sentarme a esperar. Sí, otros vendrán o no a retomar tal o cual obra y decidirán rescatarla de cualquier vector temporal y espacial, la universalizarán y la coronarán intemporal, como sucede con el Ulises de Joyce, o con el ingenioso hidalgo de Cervantes, o con la Divina Comedia. Nadie pondría hoy en duda el valor de tales monumentos (en el sentido horaciano) sin saber que será atacado desde muchos flancos, a quemarropa. Por eso relativizamos el valor estético y funcional de nuestros contemporáneos. Quizás en el futuro alguien retome nuestras apreciaciones para denostarlas por completo y establecer otras, seguramente mucho más valederas por estar mejor fundadas. Pero para que ello ocurra necesitamos permitirnos hoy el debate.

Valor y utilidad, creo, van estrechamente relacionados desde esta perspectiva de análisis. Ambos son relativos a los momentos, espacios y sujetos que deciden encarar la discusión. Y no hay dudas que esas discusiones estarán siempre atravesadas por las “urgencias” de los creadores y receptores inmediatos de las obras. Me refiero a que no podemos analizar hoy la utilidad de una poesía con los parámetros de la década del sesenta, por ejemplo, en la que no se concebía la posibilidad de una acción que no repercutiera de forma inmediata en la realidad políticamente convulsionada que la caracterizaba. Por eso para muchos era “más útil” Tuñón que Girondo, por citar sólo a un par.

El escenario hoy es otro. Como señalaba antes, relativizar las categorías inmemoriales es la actual tendencia y aunque no adhiero a la idea de que “cualquier” opinión es válida en este sentido sí me parece que debemos considerar la mayor cantidad de opciones dialécticamente funcionales. ¿Cuál sería el criterio, entonces? Probablemente, hacer confluir en nuestros debates aquellas perspectivas de análisis que yo quiera o pueda (¿o deba?) apoyar con las que pueda, quiera ¿o deba? refutar, sin anular ninguna de antemano. Que la prolijidad y la efectividad pragmática de mi discurso sea más arma que mis prejuicios.












(-Y a vos, moro, ¿te sirve la poesía?

-Siempre.

-¿Para qué?

-Para explorar las infinitas posibilidades semánticas de la lengua. Para descansar la vista. Para maravillarme del talento de los poetas. Para animarme a sentir sin terrores por sentir. Para pensar mi mundo en una dimensión paralela.

-¿Y eso sirve?

-¿Cómo no va a servir? Es la poesía, y no el amor, la que al final siempre me convence de que “la tarea de ser hombre es menos dura”.)




La Moro